Las mentiras y los muertos salen de sus agujeros

“Los cuernos y la muerte es lo único que tenemos asegurado en esta vida”. Genial frase, que no puedo atribuirme, que resume los dramas que podemos crear. Será porque acabamos de pasar el fin de semana de los muertos vivientes por antonomasia (así como de Spiderman, Batman y otros despistados varios) o por los palos constantes en la misma mejilla, que esta frase me ha hecho especial gracia.

Pero vayamos primero con aquellos: los ‘cuernos’. La infidelidad es algo tan común en nuestra sociedad que debería resultarnos una falacia el mero hecho de firmar un contrato con esa única persona para el resto de la vida. Podríamos decir que los culpables no son ni ellos ni ellas, ni siquiera el tedio ni la rutina. La culpa, una vez más, estaría en los estereotipos y en las imposiciones sociales, todo ello aderezado con un poco de ‘amén’, ‘mea culpa’, ‘carpe diem’ y ‘secula seculorum’. Efectivamente, la religión. Pero no todas las religiones.

El catolicismo nos ha inculcado, de manera cruel y sufrida para muchos, que con la monogamia le estamos haciendo una reverencia a nuestra pareja. Una declaración de intenciones (o de no intenciones), un contrato de exclusividad que muestra a viva voz nuestro amor y respeto por el susodicho o susodicha. A la mayoría les vale. Y es que, cuan feliz es el ignorante.

Además, cada vez se lo ponen más fácil a las ovejas descarriadas, a las almas débiles. Si es que incluso ya cuentan con empresas donde contratar un ‘affaire’ a medida, con todos los gastos pagados, incluida una creible coartada (que, con lo que cobran por ello, ya les vale dejar a nuestro/a ‘cuchi cuchi’ bien tranquilito/a en el hogar, dulce hogar). Pero, eso sí, allí los que entran saben a lo que van. O así se defendía de las críticas el creador del invento. Ya no pasa como antes que aquél infeliz se escudaba en el ‘yo no sabía que estaba casado/a’. Exacto. El infiel sabe que va a lo que va. Aunque, como siempre, la otra mitad nunca sabe a lo que va su ‘cari’, su ‘churri’. ¿O sí?

Supongamos, pues, que el pobre infiel debió pensar aquello de que “la vida es corta” y que “sólo se vive una vez” y por ello, por qué conformarse con la misma compañía y en la misma cama por los siglos de los siglos. Porque en este mundo cada vez más individualista e insensibilizado (que no insensible) el respeto hacia el otro ha quedado en un segundo plano detrás de su más temible enemigo, el Ego. Si es que, al final, todos acabaremos en el hoyo y, una vez ahí abajo, sólo dirán de nosotros ‘qué bueno/a que era’ y, ¿quién se acordará de reprocharle, al pobre angelito, esa ‘canita al aire’?

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